Castelserás: 
¿personaje astral?

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Cerca de Castelserás, mi amigo Pedro Gasión re-descubrió este grabado en una zona rocosa cercana a un punto que, aún en la actualidad, recoge aguas del subsuelo. Decimos "re-descubrió" porque el grabado ya se conocía, según me manifestó J.A.Benavente.

Mide alrededor de 1,10 metros y nos recuerda otros personajes astrales que hemos visto en estas comarcas: Valjunquera y La Fresneda. Es de mencionar el interés del artista por destacar los genitales, formados por 3 pequeñas cazoletas intercomunicadas, que acentúan el carácter masculino de lo que se quiere representar.  
Si el grabado es prehistórico, estaríamos ante un personaje astral (representación del Cosmos) en una sociedad patriarcal, propio de la Edad del Bronce, hace unos 3.000 años. A su alrededor, aparecen varios signos esquemáticos compatibles con la Edad del Bronce (pequeños círculos con algún dibujo en su interior) y letras del alfabeto íbero.

Presenta diferencias respecto a los otros grabados antropomorfos de estas comarcas: a) No tiene la orientación N-S; b) Los dedos son cinco en cada mano, y no cuatro en una mano y tres en otra, y no terminan en pequeñas cazoletas; c) mide unos 20 cm más que los otros grabados turolenses. Creemos que el personaje trata de reflejar muy especialmente el carácter patriarcal que ha tomado la sociedad y que los elementos astrales tienen en este caso una importancia secundaria.


Algunos textos sobre el patriarcado:

"Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo se contaba por línea femenina, y según la primitiva ley de herencia imperante en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de su pariente gentil fenecido. Sus bienes debían quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia, estos bienes pasaban en la práctica, desde los tiempos más remotos, a los parientes más próximos, es decir, a los consanguíneos por línea materna. Pero los hijos del difunto no pertenecían a su gens, sino a la de la madre; al principio heredaban de la madre, con los demás consanguíneos de ésta; luego, probablemente fueran sus primeros herederos, pero no podían serlo de su padre, porque no pertenecían a su gens, en la cual debían quedar sus bienes. Así, a la muerte del propietario de rebaños, estos pasaban en primer término a sus hermanos y hermanas y a los hijos de estos últimos o a los descendientes de las hermanas de su madre; en cuanto a sus propios hijos, se veían desheredados.

"Así, pues, las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue. Ello no resultó tan difícil como hoy nos parece. Aquella revolución -una de las más profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los miembros vivos de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo que hasta entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecerían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos al filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno" (Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado)

"Una vez admitida oficialmente la relación entre el coito y el parto -un relato de este momento decisivo aparece en el mito hitita del cándido Appu - la posición religiosa mejoró poco a poco y se dejó de atribuir a los vientos o a los ríos la preñez de las mujeres. Parece ser que la ninfa o reina tribal elegía un amante anual entre los hombres jóvenes que la rodeaban, un rey que debía ser sacrificado cuando terminaba el año, haciendo de él un símbolo de la fertilidad más bien que el objeto de su placer erótico. Su sangre se rociaba para que fructificasen los árboles, las cosechas y los rebaños, y su carne era, según parece, comida cruda por las ninfas compañeras de la reina -sacerdotisas que llevaban máscaras de perras, yeguas y cerdas. Luego, como una modificación de esta práctica, el rey moría tan pronto como el poder del sol, con el que se identificaba, comenzaba a declinar en el verano, y otro joven, mellizo suyo, o supuesto mellizo -un antigua término irlandés muy apropiado es "tanist"- se convertía en el amante de la reina, para ser debidamente sacrificado en pleno invierno, y, como recompensa, reencarnarse en la serpiente oracular. Así comenzó la monarquía sagrada y, aunque el sol se convirtió en un símbolo de la fertilidad masculina una vez identificada la vida del rey con el curso de sus estaciones, siguió estando bajo la tutela de la Luna, así como el rey siguió bajo la tutela de la reina, al menos en teoría, hasta mucho tiempo después de haber sido superada la fase matriarcal." (Robert Graves, Los Mitos griegos, Alianza Editorial)


J.A. Benavente duda del carácter prehistórico del grabado y lo atribuye a pastores de épocas recientes
Me escribió lo siguiente: 

"Este grabado antropomorfo junto al que hay bastantes signos esquemáticos y geométricos hace años que fue publicado por mí mismo en un Congreso internacional de arte rupestre celebrado en Caspe en 1986 y publicado en la revista Bajo Aragón Prehistoria, nº VII -VIII y está catalogado como "Peña Blanca de La Coscollosa" o "La Coscollosa". Aunque hay algunos signos esquemáticos que recuerdan a grabados de la Edad del Bronce yo creo que es un arte de pastores bastantes reciente, diría que de la Edad moderna o incluso del siglo XIX, según algunas fechas que aparecen en esa misma roca. El personaje lleva en una mano un cayado de pastor y en la otra un cuadrúpedo pequeño con cola larga (un hurón?). Debajo de los genitales están grabadas unas letras en las pone Mar-iano aunque quizás lo escribió alguien después."